domingo, 13 de abril de 2014

CONTROL DE PRECIOS ¿POR QUÉ NO?

Escribe Walter Ernesto Celina
13.04.2014
Se ha dicho que el liberalismo -con  las formulaciones más actuales- es el equivalente a la “libertad del zorro en el gallinero”.
Creo que un gobierno democrático, de acento popular, no puede prescindir de una vigilancia efectiva de los precios y del abastecimiento de los bienes básicos de consumo. Del mismo modo, debe propender a   apuntalar niveles de ingresos compatibles con el bienestar y el desarrollo social.
El certero aforismo de Abraham Lincoln da sentido a la esencia republicana, al expresar: “La democracia es el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo”. La democracia política se robustece si se afirma en la económica.
Cuando los gobernantes frenteamplistas archivaron sus postulados programáticos y se ataron a los mismos compromisos que marcaron los derroteros de los partidos que le precedieron, en los distintos gobiernos colorados y blancos post-dictadura, era de esperar aparecieran fenómenos negativos. 
Uno, y muy importante, está a la vista. No es otro que la desprotección  del consumidor común y corriente. Del que va al supermercado o a los comercios, pagando lo que, tantísimas veces, se le cobra abusivamente.  Es el sector poblacional que no dispone de listados que exhiban los valores de los productos. Se trata de las mismas personas a quienes se les sustrae la entrega de tiquetes en forma; de las que, en muchas de las superficies mayores se encuentran con que, al llegar a las cajas, se les marca un  precio mayor -¡nunca inferior, por supuesto!- al que figura en las góndolas.  
  Alguien de la fuerza de gobierno -que fuera ministro de trabajo y ahora revista como senador-, tomó su arco, lanzó una flecha a lo Robin Hood y astilló alguna vidriera. Sufrió, algo así, como un espléndido arrebato, muy ajeno a los hombres de “la clase política” quienes en el punto, por igual, han demostrado ser ciegos, sordos y mudos. 
 Antes de que todo caiga en el pozo del olvido, será oportuno decir que  en el muestreo al que apelara el denunciante, aparecieron unos datitos interesantes. Sirven, al menos, para ver cómo los grandes grupos multinacionales hacen “su agosto” -todo el año-, imponiendo precios absolutamente desorbitados.
Una publicitada pasta dental de 180 gramos, importada a U$S 0.56 (que con cotización del dólar a $23 costaría menos de 13 pesos uruguayos), se vende al público ¡a $137!
 Otro complemento, de la misma nidada, repite la exacción. Un enjuague bucal es tomado a U$S 0.74 (en pesos uruguayos 17.02)  y lo venden a $ 185. Un jabón corporal, traído U$S 0.24, (guarismo que multiplicado por 23 daría un valor de $ 5.52, en moneda nacional) es llevado a $ 26. Las cifras en dólares ya tienen incorporado un  aumento de 15%  por pasaje en Aduana.
En la acepción lunfarda estos hechos de denominan “calote”, es decir robo o estafa, si se prefiere una acepción más cuidada.
En el Ministerio de Economía y Finanzas radica una desconocida Comisión de Promoción y Defensa de la Competencia y, en su marco, una oficina que recibe consultas (telefónicas por el número 08007005, en el horario de media mañana a media tarde). Interviene por reclamos muy comunes de ventas a crédito, mercaderías falladas, desvíos contables de empresas telefónicas, cable y tarjetas de crédito, especialmente.
Pero, héte aquí que al estar el mercado abierto, de par en par, los cánidos se ufanan de sus proezas. La oficinita es una cáscara de nuez en el río.
La vieja Ley de Subsistencias y Contralor de Precios (10.940, de 19.09.1947) y, aún, la de COPRIN (13.720, de 10.12.1968) -dictada por J. Pacheco Areco- fueron de más a menos, hasta morir confortadas con los rituales ultraliberales.
Ahora, para “controlar precios” y determinar si un valor es “correcto”, se ha producido un “vacío legal”. Formidable… ¡para el zorro!
Sólo podría penarse a los actores inicuos si, con una parte mayoritaria del mercado, actuaran de manera monopólica, o produjeran “colusión” (pacto, arreglo, trapisonda, etc.) entre empresas a fin de imponer precios distorsionados.
Buen asunto para las asambleas políticas. Para deliberar y actuar. Y para que Juan Pueblo no muera con los ojos abiertos.-